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lunes, 3 de septiembre de 2012

Pedro Pablo Rubens, el pintor de las sensualmente pesadas.



Algo acerca de Rubens

Negociante, hombre de éxito mundano, pragmático a morir, Rubens, para muchos, no encaja en la imagen típica del artista. Era además un diplomático de medio tiempo que sabía guardar secretos, aún a riesgo de su propia vida. Un hombre de gesto reservado y -según cuentan- altivo en su trato a los demás.

Hijo de una familia burguesa acomodada, Peter Paul Rubens (Pedro Pablo Rubens) tuvo por padre a un exiliado que murió diez años después que él naciera. Nuestro biografiado nació en Siegen (a unos cuantos kilómetros de Colonia -Alemania Occidental-), el año 1577.

Muchos le consideran belga u holandés, en virtud de su procedencia flamenca. También por lo de su estancia en territorio belga, pues, después de una corta estancia en Amberes, a los trece años se alistó como paje en la corte del palacio de la princesa Margarita de Ligne-Aremberg.

Retiróse de ahí a los veinte años, siendo ya todo un experto en las sutilezas y desenfados que pudieran llevarle por nuevos rumbos. Había aprendido acerca de los chismes y rumores, acerca de las envidias e intrigas que por ahí pululaban. Ahora, emprendería otro giro: el de la pintura.


Infancia y formación

La infancia de Rubens fue algo acelerada. Se sabe que su padre era un exiliado de Colonia. Algunos dicen que por razones políticas, otros que por haber tenido una aventura amorosa con la esposa del príncipe Guillermo de Orange. Parte de esto sirve para explicar la vida futura del pintor. En efecto, el suyo fue un hogar culto, con pretensiones intelectuales y a la vez, fuertes herencias donjuanescas, donde, es obvio, no había un clima, que digamos, puritano.


Su formación

Pasaron los años. Luego, trabajando en calidad de paje, a partir de los trece años, en el palacio de la princesa Margarita, fue ahí donde completó su formación. Duró ahí siete años, y no cabe duda que aprendió muchas cosas, tal vez demasiadas.

Aquí mismo aprendería las refinadas reglas del comportamiento aristocrático. Comprendería que, de todas las virtudes, la más valiosa es la del silencio. Y entendió que, dominando las reglas del juego, codearse con los poderosos, aún en calidad de subordinado, podía no sólo ser agradable, sino, también muy rentable, económicamente hablando...


La pintura

En realidad el amor por la pintura no le nació a Rubens a temprana edad. Todo lo contrario, fue hasta los veinte años. Una edad tardía, a decir verdad, tomando en cuenta que la mayor parte de los genios de la pintura se han iniciado desde pequeños por el mundo de las artes plásticas.

Fueron varios los «maestros» que tuvo nuestro biografiado, ninguno de los cuales fue digno de notoriedad. El primero de ellos, un tal Tobías Verhaegt (nada conocido); luego, un tal Adam van Noort (alcohólico empedernido); por último, Otto van Veen (el más erudito de los tres, aunque sin grandes cualidades).


Rubens por Italia

Rubens era una persona culta y los viajes le ayudaron mucho en esto. Hablando acerca de la pintura, estaba aún de moda por aquellos tiempos el estilo renacentista combinado con el barroco, que por ese entonces mostraba Caravaggio. Sin embargo, los europeos del norte consideraban que la península era el centro del arte y la civilización. Había sus seguidores y sus críticos.

Por otro lado, como ya en parte mencionamos, nuestro personaje, al contrario de muchos de sus colegas, era prácticamente un humanista. Un hombre bastante culto. Hablaba y escribía en flamenco, griego, latín, francés e italiano, y tenía buenos conocimientos de historia y estética. Sus detractores afirmaban que tal bagaje cultural castraba en él la posibilidad de una espontaneidad de sentimientos.

Sea lo que fuere, Rubens tenía ante sí toda una vida por delante. Muchacho cultivado, con deseos de conocer y gran capacidad para aprender y asimilar, Pedro Pablo Rubens decidió marchar a Italia. Ahí tendría otras oportunidades. Un mundo nuevo se abría y se presentaba ente él. Y apenas contaba con veintitrés años.


Por Italia

Su viaje por Italia fue bastante fructífero. En primer lugar, Rubens tuvo a oportunidad de admirar con sus propios ojos el arte italiano, luego de lo cual quedaría prendidamente enamorado. Asimilaría toda esta herencia y adaptaría más tarde todas estas experiencias para consolidarlas en trabajos futuros.

Esta etapa, además, le serviría para, más adelante, adquirir toda una destreza que él sólo sabría dar a sus cuadros. Haría la combinación del sentimiento artístico italiano con aquel sentir del pueblo nórdico. Rubens se haría de una buena posición social y económica y esto le serviría para sentirse más tranquilo, más a gusto y consolidarse.


Su vida en la diplomacia

Rubens era ya un pintor consumado, pero no era conocido. Hacía cierto tipo de trabajos, pero estos no eran de interés artístico. Rubens estaba en la corte y la archiduquesa Isabela confiaba en aquel -según decían- «pintor de pacotilla».

La dama le había encargado ya varias misiones complejas y éste (Rubens) las había cumplido con sumo acierto. Para ella no era necesario que fuera un consumado artista. Para Isabela, Rubens era diferente. Veía en él un hombre serio y reservado, muy digno de su confianza; un tipo de carácter que puede guardar un secreto aunque le arranquen el pellejo y el alma.

Fue de este modo en que, conociéndole bien, le encargó unos papeles de Estado absolutamente confidenciales, con la recomendación más enérgica de que no se los mostrase a nadie. Fue entonces que corrió el rumor de que el pintor era depositario de un tesoro político, y fue también, entonces, cuando comenzaron a aparecer las presiones.

Un tal duque de Arschot, jefe de un menos que confiable partido popular, exigió se le entregasen los documentos misteriosos. Rubens, desde luego, se negó. La escena se repitió dos o tres veces, hasta que finalmente, a causa de ciertas presiones más severas, Rubens tuvo que entregar los papeles.

Nuestro personaje dejaría a partir de entonces las bondades de la corte, dejaría a un lado el peligroso oficio de la diplomacia y trocaría el negocio de los buenos modales y la palabra por el de los pinceles. Rubens se apartaría definitivamente de la diplomacia y se dedicaría ahora de lleno a lo que más le atraía: la pintura.


De nuevo a su lugar de origen

En 1608, estando en Roma, tuvo noticias de que su madre cayó enferma para más tarde morir. Rubens regreso a su hogar, en Amberes. Ahí conoció a una parienta de la esposa de su hermano, con la cual se casó. La mujer, una señora hermosa y refinada, comenzó a servirle de modelo.

Mientras tanto, los asuntos financieros marchaban bien y el dolor, por la pérdida de su madre, iba amortiguándose. La gente acudía a él para pedirle cuadros y retratos. Como por encanto aparecían los contratos y pedidos. Rubens no podía creerlo. Simple y sencillamente no podía cumplir con todos ellos. Le faltaban manos y tiempo. Deseaba cumplir, pero no sabía cómo.

Sabía que él solo no podía hacerlo. De todos modos lo intentó y pudo salir adelante con los principales pedidos. También, claro está, habrá que señalarse que estos nuevos trabajos le hizo acrecentar su fortuna, lo cual le permitió construirse una mansión fastuosa y de llevar un «modus vivendi» bastante próspero y holgado.


La muerte de su esposa

El fallecimiento de su primera esposa, Isabella Brandt, en junio de 1626, fue para Rubens como un duro golpe en la cabeza. Dolido verdaderamente en su corazón, nuestro personaje buscó, sin embargo, la manera de salir de esta pena y dolor. Trató de distraerse, llenó su agenda de actividades, aceptó nuevos trabajos, los cuales, a su vez, le dieron más dinero.

Lanzóse luego a otros países. Estuvo en España, Francia e Inglaterra. Trabajó arduamente a fin de sacar nuevas combinaciones que eran producto de su propia inspiración. Es en este período de viudez cuando el artista perfecciona su manejo del color, su sentido de composición y su capacidad para crear temas nuevos y originales. Rubens se estaba haciendo famoso.


Un nuevo casamiento

Rubens de pronto halló una nueva candidata. Se trataba de Hélene Fourment, una deliciosa y encantadora joven mucho menor que él (ella apenas tenía 16 años). Y es que, con medio siglo a cuestas, una muchachita que puede ser su nieta, a un hombre le puede parecer estupenda.

Y, contrariamente a lo que pudiera pensarse o presumirse, el matrimonio resultó muy equilibrado. Nuestro pintor halló en ella una buena dosis de sensualidad, suficiente como para comenzar a idear figuras robustas y bien proporcionadas. Es cuando concibe algunos de los desnudos más vívidos y deliciosos que se le conozcan. Uno de los períodos, digámoslo así, más productivos en la carrera de Rubens.


Una penosa enfermedad

Luego del caso de su retiro de la diplomacia, cayó sobre Rubens otro problema: una penosa enfermedad. Corría el año 1633 y ataques virulentos y progresivos de gota estuvieron a punto de llevar al pintor a la parálisis total. Pronto la enfermedad atacó las manos. Y Rubens, como buen soldado tendido en el campo de batalla, tuvo que recluirse en cama.

Su parálisis no afectó la belleza de sus cuadros. Baste decir que obras como La decisión de París, Las tres gracias, El jardín del amor y muchos otros trabajos, como paisajes, dibujos, cuadros y retratos, conservan una gran frescura. De hecho, quizás constituyan algo de lo mejor que haya producido Rubens en toda su existencia.


La obra de Rubens

La obra de este gran pintor puede clasificarse como barroca, también romántica y renacentista. La verdad es que tuvo de todo. Su técnica del desnudo es exquisita. Colores, formas, detalles y belleza llenan su obra. Un pintor que supo plasmar lo que sentía.

Un maestro que luego de una larga y maravillosa carrera falleciera en 1640, en Amberes, a la edad de 63 años. Moriría rodeado de riquezas y honores. Premios y reconocimientos que sólo podrían ser para este gran pintor flamenco: Pedro Pablo Rubens.

Galeria:


 



 









 Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 26 de noviembre de 1990.

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